¿UN DESTINO INCIERTO?
Hace ya mucho tiempo, caminaba un día por un hermoso parque, inmersa en mis pensamientos y ajena a lo que me rodeaba.
Generalmente me gustaba disfrutar de la sencillez de los niños jugando. Una agradable sensación de bienestar me llenaba cuando escuchaba el sonido de sus risas. Sus voces bailaban con el aire en una divertida danza con el sol y llenaban de vida hasta el más sombrío de los rincones.
Cuando somos pequeños nos sentimos libres para tumbarnos en la hierba, para jugar, para reír, para llorar, para vivir.
Cuando crecemos nos ponemos frente a los ojos un espejo oscuro que nos refleja y nos hace avergonzarnos de nuestros actos. Nosotros mismos nos condicionamos y dejamos de avanzar. Nos convertimos en adulto y hacemos de nuestra vida un cúmulo de apariencias.
Yo me encontraba en ese punto. Acababa de mirarme en el espejo y no pude ver otra cosa que la propia oscuridad. Mi reflejo era mi vida.
Caminé y caminé hasta que sentí la negrura de la noche que me abrazaba y me cobijaba para lo que deseaba hacer.
Mis pasos se dirigían hacia el río. Me estaba llamando a gritos. Me decía “ven a mí. ¡Salta!. Tu vida ya no tiene sentido. Yo te llevaré a la paz eterna. Deja que tus lágrimas se mezclen con mis aguas y juntos acabaremos con tu sufrimiento”.
Podía sentir en mi interior su llamada con tanta fuerza como puede sentirla alguien que desea acabar con su vida y que acaba de encontrar la solución.
El agua no me hablaba. Mi reflejo oscuro me empujaba hasta el fondo. Mi corazón estaba tan dormido que no podría reaccionar.
No he llegado por casualidad a este lugar. Algo me decía que mi propio fin estaba cerca y prefería escuchar las brumas de mi alma antes que despertar a mi corazón herido.
Tan solo unos meses atrás yo era la mujer más feliz del mundo. Profesionalmente era una mujer triunfadora. Socialmente tenía mi círculo de amigos entre los que me sentía segura y querida. En cuanto al amor, lo tuve todo.
Conocí a un hombre maravilloso. Era sencillamente encantador. Tierno, atento y muy inteligente. Juntos nos divertíamos mucho y éramos capaces de convertir cualquier momento en algo especial.
Al poco tiempo decidimos casarnos y formar una familia. A ambos nos encantaban los niños y económicamente no había nada que nos lo impidiera.
Entonces, ante tanta felicidad, decidí consultar a una adivina del Tarot para que me aconsejara. Me hizo sentar en una mesa redonda. Había una enorme bola y una baraja de cartas sobre la misma. Ella se sentó frente a mí. Comenzó la lectura y adivinó todo mi pasado de inmediato. El presente también lo tuvo fácil. Me habló de mi marido, de lo felices que éramos y seríamos juntos y de lo afortunados que éramos, teniéndonos el uno al otro. Me dijo que nuestra unión sería para siempre.
Salí eufórica de aquella casa. Me había dicho todo lo que yo deseaba oír.
Desde ese día, cada vez que tenía que tomar una decisión importante, consultaba a la adivina. Siempre me aconsejaba bien. Supongo que me acomodé y dejé que ella tomara las riendas de mi vida sin apenas darme cuenta.
No era una mala mujer, tampoco creo que fuera una farsante. Tan solo me ofrecía lo que yo la pedía. Nada más.
Una mañana me desperté y comprobé que mi marido no había venido a dormir a casa. Por mi cabeza pasaron todos los malos pensamientos que pueden llegarle a alguien en mi situación. Cuando él llegó no le di tiempo para explicarse. Le acusé y le grité. No le permití que me hablara. Ni si quiera le escuché.
Esa mañana fue la primera. Después vino otra y otra y otra, hasta que ya no pude más. La adivina me decía que él no me estaba engañando, pero que tendría que ser yo misma la que averiguara la razón de sus ausencias. Ni si quiera ella me quiso ayudar. Me aislé del mundo, porque las dos personas en las que más había confiado se habían apartado de mí. O al menos es lo que yo pensaba.
Aún recuerdo el instante en el que él se acercó a mí y me dijo que se marchaba, para siempre. También me dijo que me quería. Me quería como no había amado antes a ninguna otra mujer, pero no podía seguir conmigo.
Me dijo que jamás en su vida se había sentido tan solo como cuando estuvo a mi lado. No le presté atención a sus reacciones, a sus sentimientos, a sus gestos, a sus ojos, a nada. Sólo me preocupé de mí y de mi “supuesto futuro asegurado junto a él”.
Sus ausencias se debían a que su padre estuvo muy enfermo. Le llamaron cuando volvía a casa de trabajar y sin pensar en otra cosa sólo deseó estar a su lado. Cuando volvió a mi lado no le di ni si quiera la oportunidad de contarme lo sucedido, solo me importaba lo que yo sentía.
Transcurrían los días y su padre no mejoraba. Compartía con su madre y sus hermanos las noches en vela, cuidándole. Su padre acababa de morir y él estuvo solo en su despedida. No quiso compartir conmigo su dolor, porque no era cuestión de un momento. Fueron muchos los instantes de su soledad y cuando estaba conmigo la lejanía entre ambos era mucho más profunda cada vez.
Con estos pensamientos subí al puente para despedirme de la vida. No cuidé lo que tenía. No mimé lo que ésta me ofreció y fui un ser egoísta e incapaz de ver toda la claridad que tenía frente a mí.
Me apoyé con los brazos para elevar la pierna sobre la barandilla y en ese instante oí que alguien detrás de mía decía “hola”.
Me giré y pude ver a un niño de unos once años que me miraba fijamente, con curiosidad. No sabía que hacer. Decidí apartarme un poco de allí, disimuladamente, hasta que el chico se marchara. Pero continuaba allí, y hablaba conmigo:
- ¿Qué haces subida en el puente?. Mi mamá dice que es peligroso.
- ¿Yo?, .........Nada
- ¿Vas a saltar?
- Creo que sí. –Le contesté totalmente asombrada-
- Mi mamá dice que hay que tener mucho valor para saltar por un puente. Si lo hacemos no sabremos jamás lo que habría ocurrido hubiéramos dado un paso hacia atrás. También dice que no sabemos lo que podemos encontrar en el fondo del río. Claro que eso son cosas de mayores y yo no lo entiendo muy bien.
- Dile a tu mamá que cuando todo acaba, no importa lo que dejas detrás y tampoco importa lo que hay delante. Además, déjame, quiero estar sola.
- Pero yo quiero ver como te lanzas. Mi mamá dice que hay muchas maneras de acabar con la vida de las personas y que debo aprender de los errores ajenos, para que no me ocurra a mí. Mi mamá dice que los adultos son bobos, porque se le da demasiada importancia a las cosas que no la tienen. Mi mamá dice que la vida no se acaba en un día, ni se puede formar en un día. Dice que tenemos que luchar cada instante para que lo bueno se quede y alejemos aquello que nos hace daño. Nada dura eternamente. Mi mamá dice que la vida es muy hermosa. Que es como la sonrisa de un niño. Solo tenemos que conseguir que el eco de esta alegría se mantenga en nuestro corazón y el resto llega solo y a su tiempo. Mi mamá una vez también quiso saltar hacia el río, pero pensó que a lo mejor merecía la pena intentarlo de nuevo, arriesgarse y seguir viviendo, por si la vida le tenía preparada alguna sorpresa.
- ¿Y tu mamá te deja estar solo aquí a estas horas?
- Solo hoy. Pero ya no me dejará hacer tonterías como esta nunca más. Sabes, mi mamá dice que hay que luchar en la vida por todo y sacar lo mejor de cada instante. También dice que el valor que una persona necesita para acabar con su vida, lo podría aprovechar para tratar de empezarla de nuevo. Mi mamá siempre dice que me quiere muchísimo. Que soy el amor de su vida. Gracias a mí esta viva y vive. Yo no lo entiendo muy bien, pero algún día me lo explicará. Tengo que irme. Mi mamá dice que debo escuchar a los demás y contarles lo bueno que sé, pero también dice que debo obedecerla. Adiós.
Diciendo esto se dio la vuelta y comenzó a caminar. De repente se dio la vuelta y mirándome fijamente a los ojos me dijo: “mi mamá dice que debemos escuchar las señales que nos llegan desde el cielo, y debemos aprender a interpretarlas para ser más sabios y buenos, por nosotros mismos.”
Pegué un salto alejándome de la barandilla del puente y salí corriendo detrás del niño. Había desaparecido, de repente, como apareció. El niño me había dicho mis propios pensamientos tan solo unos meses atrás. Decidí marcharme a casa, prepararme una buena cena y comenzar una nueva vida.
Hoy cumple mi hijo once años. Y nos hemos acercado juntos al puente al que estuve a punto de arrojar mi vida. Yo estaba ya embarazada ese día. Mi pequeño estaba en camino y deseaba con tal fuerza llegar que se adelantó unos cuantos años.
Casi le arrebato la vida antes de que pudiera llegar. No sé lo que sucedió aquella noche. Lo único que tengo muy claro es que mi pequeño me salvó, nos salvó a los dos. No solo lo hizo en ese instante. Cada minuto de su vida me da vida. Me absorbe, me llena, me preocupa, me enfada, me hace reír, me hace llorar. Me hace sentir. Él me dio una nueva razón para seguir adelante y cuando descubrí que estaba embarazada, lloré y lloré tanto que era imposible calmarme. Las lágrimas fueron de terror por lo que estuve a punto de hacer. Después, de miedo, por que estaría sola para cuidar a mi bebé. Las siguientes fueron tan solo un desahogo para dar la bienvenida a las de alegría. Yo no caí al puente, pero mi egoísmo fue arrastrado por las aguas hasta desaparecer para siempre.
A.C. Marser
domingo, 14 de octubre de 2007
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